miércoles, 15 de mayo de 2013


Masculinidades y equidad  de género en la escuela

La institución escolar en un contexto de transformaciones  sociales:
En las últimas tres décadas los sistemas educativos han sufrido múltiples cambios que han incidido en las condiciones en que niños y niñas desarrollan su experiencia escolar. Por ejemplo, la combinación de políticas neoliberales y de mercado junto con políticas regulatorias del tipo neo conservador produce tensiones y diferencias en los sistemas educativos (Apple 2004). Estos cambios son parte de cambios mayores en la sociedad, y por lo tanto, cualquier análisis de lo que ocurre en la escuela debe considerarlos.
El nuevo contexto en el cual se desarrolla la experiencia escolar se caracteriza hoy en día por una menor participación del Estado (aumento de la educación privada en desmedro de la pública) y por una mayor descentralización / desconcentración - autonomía (relativa) de las escuelas.

¿Cómo se relacionan estas transformaciones con las masculinidades?
De tres formas muy concretas.
Primero, producen una “re-masculinización” de la escuela (Skelton, 2002). A pesar del predominio de las mujeres en la profesión docente, generalmente en la escuela se potencian atributos relacionados con una sola forma de ser hombre: racional, competitivo, exitoso, fuerte, efectivo, etc.
Ejemplo, cuando la escuela da por sentada la heterosexualidad de sus estudiantes, esto resulta en  homofobia, racismo y sexismo, procesos que a su vez actúan como reguladores en la construcción de las masculinidades en la escuela.
Segundo, restringe los sentidos de la educación enfocándolos en un plano individual. En este sobre énfasis en resultados, la responsabilidad final radica en los estudiantes como individuos, sin considerar elementos estructurales del entorno social como lo son la clase, el género o la etnia.
Tercero, estos cambios permiten que hoy en día predomine una visión liberal de la justicia social. Este ideal está basado exclusivamente en la idea de igualdad de oportunidades o justicia distributiva. Sin embargo este ideal desconoce otras dimensiones de la justicia social como el reconocimiento de la diferencia (estatus de la diversidad), la representación de los intereses (participación en la toma de decisiones) y la afectividad (dependencia e independencia  emocional) (Lynch & Lodge, 2002).
Latinoamérica, en especial en Chile afecta la forma en que la escuela contribuye a la construcción de las masculinidades, pero también a la forma en que se construyen las políticas educativas.

La construcción de las masculinidades y la institución escolar: Dinámicas y tensiones
Masculinidades como prácticas sociales e históricas
Existe consenso en que la masculinidad es una construcción social más que una esencia natural o un conjunto de atributos. Se reconoce que en la construcción de las masculinidades  intervienen también otras estructuras y procesos sociales como la clase, la etnia / raza, la generación y la sexualidad (Connell, 2000).
Masculinidades es un proceso de “configuración de prácticas estructurada por las relaciones de género.
Ellas son inherentemente históricas, y su formación y reformación es un proceso político” (Connell, 2005b: 40). Lo anterior implica que lo relevante son:
Las prácticas sociales (lo que se hace, más que lo que se dice); la forma en que se relacionan hombres y mujeres, así como distintos hombres (la distribución de poder y la formación de jerarquías); y que estas prácticas y relaciones pueden cambiar a lo largo del tiempo.
Poe otro lado, las masculinidades refieren a los cuerpos de los hombres, a veces directa, otras indirectamente, no están determinadas por su biología (Connell, 2000).
Finalmente, se puede señalar que las masculinidades se construyen colectivamente y que se mantienen a nivel institucional. La escuela, como toda organización, es una institución que mantiene una determinada ideología de género y sexualidad que activamente produce divisiones sociales.

El régimen de género en la institución escolar
Según Kessler, Ashenden, Connell & Dowsett, 1985, refiere a que en las organizaciones existe un patrón de prácticas que define las concepciones de masculinidad(es) y feminidad(es), jerarquizándolas en términos de prestigio y poder. Este régimen se expresa en la organización escolar y sus prácticas cotidianas a través de la división de género en el trabajo, la forma en que se ejerce la autoridad y el control, cómo se usa el cuerpo y cómo se vive la sexualidad. Este régimen, a la vez, es reflejo del ordenamiento de género de la sociedad.
Sin embargo, el régimen de género no es algo fijo sino que abierto al cambio, en cuanto está localizado en condiciones específicas - socioculturales, político económicas e históricas.
Si bien el régimen de género estructura la construcción de las masculinidades, niños y niñas no son pasivos en el proceso de aprendizaje ni tampoco este proceso se produce unilateralmente desde el mundo adulto (Thorne, 1993). El aprendizaje de género es un proceso histórico, complejo y contradictorio, donde no hay roles ‘naturales’ para hombres y otros para mujeres. Esto implica una ruptura fundamental con la idea de socialización de género promovida por la teoría clásica de los roles sexuales (Connell, 2009).

Áreas de prácticas masculinas en la escuela:


Los estudios anglosajones que han investigado la construcción de la masculinidad en las escuelas muestran que el régimen de género de las escuelas y su relación con la construcción de las masculinidades tiene una manifestación práctica en distintas áreas de la organización escolar, como: el currículum, la gestión escolar, la disciplina, el deporte y los juegos, la sexualidad, la relación entre docentes y estudiantes y el grupo de pares (Askew & Ross, 1991; Thorne,  1993; Mac an Ghaill, 1994; Connell, 1989, 1996; Sewell, 1997; Skelton, 2001;
Chan, 2004; Swain, 2005).
La disciplina es un elemento constitutivo de las prácticas de gestión y su relación con las masculinidades, pero a la vez se relaciona con una diferenciación según clases sociales. A la vez, las prácticas de gestión de la escuela muchas veces chocan con la cultura juvenil de los niños y adolescentes.
Generalmente, las escuelas no problematizan la relación de los estudiantes con sus cuerpos, ni tampoco reflexionan sobre cómo ellas legitiman o prohíben ciertas definiciones y prácticas de las masculinidades. Lo anterior se puede apreciar en tres áreas: sexualidad, deportes y violencia. Primero, enfrentada a la sexualidad la escuela omite temas fundamentales como el deseo, el erotismo, la afectividad y el placer, priorizando temas biológicos, genitales-reproductivos Además, cuando se discute sobre sexualidad se hace desde una perspectiva heterosexista y homofóbica donde no se acepta ni promueve la diversidad. Segundo, el deporte es un área donde se enfatiza un determinado tipo de cuerpo masculino: atlético, fuerte, que aguanta, que se construye para vencer al rival. El deporte forja a los hombres no solo en su relación con el juego escolar sino que para su vida y relaciones futuras. Como señala Messner (1992), el deporte como institución social construye históricamente un tipo de  masculinidad (aquella hábil y atlética) como físicamente superior a la femineidad y a las masculinidades no atléticas. Tercero, la violencia está presente en las escuelas como parte constitutiva de la construcción de las masculinidades. Un ejemplo de esto es la violencia homofóbica que surgiría por el temor de los varones a no ser reconocidos como varones o a ser feminizados por sus compañeros (Kimmel, 2009).

Relaciones entre masculinidades: recursos y estrategias en el grupo de pares
Connell, 2005, refiere que los estudios que han indagado en la construcción social de la masculinidad son claros en señalar que no basta con reconocer la diversidad de masculinidades en el análisis, sino que hay que estudiar las relaciones de jerarquía entre ellas.
Una forma de examinar estas relaciones de jerarquía en el contexto escolar es analizar los recursos y estrategias disponibles en la escuela y cómo son utilizados por el grupo de pares.
De esta forma, el grupo de pares permanentemente vigila y controla a sus miembros como forma de suprimir la diferencia en las expresiones prácticas de las masculinidades. Pero a la vez, esta actitud ‘policial’ del grupo de pares puede ser entendida como una respuesta a  procesos mayores de marginalización. Por ejemplo, el caso de la “cultura de tomar alcohol” entre muchachos de clase trabajadora en el contexto de transformaciones en el mercado del trabajo en Inglaterra (Nayak, 2009), o en la posición de “ser cool” entre jóvenes afroamericanos en Estados Unidos como una respuesta a la frustración de ser interpretados por la escuela de manera estereotipada (James, 2009).
A pesar de su carácter normativo  y regulatorio de Swain, en las escuelas existen distintas oportunidades para construir diferentes masculinidades, dependiendo de los recursos y estrategias disponibles. Los recursos presentes en la escuela son apropiados y acumulados por niños y adolescentes, pues de ellos depende su estatus en el grupo de pares.
En su investigación, Swain (2004), encontró cinco tipos de recursos y estrategias principales: aquellos basados en lo físico y las destrezas deportivas o atléticas; aquellos basados en una actitud ruda; aquellos basados en el humor, el ingenio, pero también en el uso de groserías. En tres escuelas primarias de Inglaterra, Swain (2006) analizó los recursos utilizados por las distintas formas de masculinidad descritas por Connell (2005)
Ejemplo:, entre los niños que sostienen una masculinidad hegemónica en las escuelas (la forma más prestigiosa de ser hombre, aunque no la más común), esta se construye alrededor de recursos como las habilidades físicas y deportivas, que se expresan tanto en juegos en el patio como en competencias deportivas, control, coraje, confianza, autonomía, etc.
Lo interesante del estudio de Swain es que encuentra una nueva forma de masculinidad en la escuela, la cual denomina personalizada. Es una masculinidad que presenta una forma que se puede sustentar en intereses similares a los de la masculinidad hegemónica, pero que no aspira ni a copiar a las formas hegemónicas, ni a beneficiarse del dividendo patriarcal (como las masculinidades cómplices).

El contexto socio-histórico del debate sobre los niños y la educación en
Australia e Inglaterra


La preocupación por los niños y adolescentes en las políticas educativas de los países anglosajones se produjo, principalmente, como consecuencia del mejoramiento de los resultados de las niñas en pruebas estandarizadas. Este mejoramiento fue facilitado por las reformas introducidas por la acción de los movimientos de mujeres.
Aunque esta es una tendencia que se viene produciendo desde mediados de los setenta, alcanzó notoriedad pública cuando las niñas comenzaron a superar a los varones en áreas tradicionalmente masculinas como ciencias o matemáticas.
Este cambio en los patrones de resultados, a la vez, se da en un contexto de cambios en el mercado del trabajo y en las dinámicas familiares pero también en un contexto donde se reduce la calidad de la educación a los resultados en pruebas estandarizadas. Es un giro que expresa la re-masculinización de la escuela, el predominio de la visión liberal de la justicia social, y de la individualización del sentido de la educación. Un último elemento que ha aparecido como influyente en este giro es el desplazamiento de la visibilidad que ha sufrido el feminismo (Yates, 2008).
Los discursos que han sustentado las políticas educativas hacia niños y masculinidades

A lo largo de este trabajo se ha enfatizado la posición de que las masculinidades deben ser entendidas, estudiadas e intervenidas a través de sus prácticas y el uso de los cuerpos. Sin embargo, esta postura no desconoce que las políticas públicas están condicionadas por discursos sobre cuál es el problema con las relaciones de género y las masculinidades en las escuelas. Esto no quiere decir que aquí se entiendan estos discursos como formadores o “disciplinadores” de las masculinidades. Por el contrario, los discursos serán entendidos como la problematización sobre lo que esperan influir; es decir, los esquemas interpretativos que los/as formuladores/as de política usan para enunciar el problema, lo cual incluye juicios y elecciones específicas.
De este modo, Francis y Skelton (2005) identifican cuatro discursos dominantes sobre masculinidad y educación que tienen implicancias en las formas que adquieren las políticas para la equidad de género en educación: ‘niños como víctimas’, ‘los niños serán siempre niños’, ’niños como problema’ y ‘niños en riesgo’. Los dos primeros discursos habían sido identificados años atrás por Epstein y colegas (1998), mientras que los dos últimos habrían emergido con el cambio de milenio y la influencia neoliberal y neoconservadora.
El discurso de los “niños como víctimas” se basa teóricamente en la perspectiva de los men’s rights. Esta es una perspectiva que, como ha señalado Connell (2005b), identifica a los hombres como un grupo homogéneo que comparte una suerte de esencia; en este sentido, los niños serían víctimas de la agenda feminista de los setenta. Este discurso reclama una supuesta discriminación hacia los niños a partir de una escuela que restringe y controla la forma ‘natural’ de ser niño y de convertirse en hombre. Su principal característica es el planteamiento que las escuelas no entienden lo que es ser niño y varón.
Los discursos de los “niños como problema” y de los “niños en riesgo” se basan teóricamente en la noción de individuación; en ambos discursos la responsabilidad de la ‘masculinidad’ recae en los propios niños y adolescentes. En el discurso de los ‘niños como problema’ los niños voluntariamente adoptarían y realizarían ‘conductas’ antisociales y abusivas como el consumo de drogas y alcohol, el acoso a mujeres y a otros hombres o la violencia. El problema radica
En la cultura del grupo de pares, pero no como una dimensión colectiva (como lo vimos en la sección anterior), sino que desde una visión conservadora que se preocupa de la masculinidad como desviación social. El discurso de los “niños en riesgo”, por otro lado, se basa en la premisa de que los niños están excluidos y desconectados de la sociedad. De este modo, los caracteriza como con baja autoestima, desafectados y alienados de la institución escolar. Estas serían las  características que explicarían su bajo rendimiento.
Estos dos últimos discursos por lo general proponen intervenciones del tipo terapéutico, donde la escuela desplegaría mecanismos de medicalización sobre los niños para mejorar el bienestar de los que hoy están ‘mal’. 


Implementando políticas para la equidad de género desde las masculinidades
Como se ha sugerido, las políticas que se han promovido en estos países anglosajones han estado orientadas por dos perspectivas opuestas. Una, de carácter anti-feminista, que promueve un tipo de masculinidad original y verdadera, sugiriendo estrategias que refuercen esta imagen como forma de mejorar el rendimiento de los niños en la escuela. Otra, de carácter feminista, que promueve un cambio en las relaciones de género mediante una crítica de los estereotipos de la masculinidad hegemónica.
En esta última sección resumiré brevemente algunos elementos que desde la experiencia australiana e inglesa aparecen como relevantes para implementar políticas dirigidas hacia las masculinidades en Chile.
Uno de los principales puntos donde existe gran consenso en la literatura sobre masculinidades y educación que promueven la equidad de género es justamente que no existe una sola forma de implementar estas políticas ni una sola estrategia a seguir; hay que evitar el checklist de actividades, pues cada contexto escolar es distinto y expresa un régimen de género específico.
Un segundo elemento es que la política debe dirigirse a la escuela como un todo; es decir, se debe promover el cambio institucional en su régimen de género. Se necesita que todos los actores de la comunidad escolar y en todos los niveles de enseñanza estén involucrados. Esto requiere que docentes, apoderados y estudiantes se hagan preguntas sobre sus prácticas, actitudes e imágenes sobre lo masculino y lo femenino. Del mismo modo, significa examinar las relaciones entre las familias y la escuela, y entre las masculinidades. Esto puede requerir que se modifiquen aspectos de la cultura organizacional de la escuela.
Esto implica, en tercer lugar, que la política se dirija a transformar las relaciones de género más que hacia los varones individualmente. Es decir, debe ser parte de una política integral de género en educación. Lo anterior hace sentido si se entiende que las masculinidades pueden ser definidas como “un lugar en las relaciones de género, las prácticas a través de las que hombres y mujeres se vinculan con ese lugar con el género, y los efectos de estas prácticas en la experiencia del cuerpo, en términos personales y culturales”. Es decir, las masculinidades son un ‘sujeto’ relevante de estudio y de intervención en política pública siempre en relación con las feminidades.
Un cuarto elemento lo constituye el hecho fundamental de que la escuela cuente con docentes sensibilizados y capacitados que conozcan y comprendan  a fondo cómo las relaciones de género se construyen en el ámbito escolar y  cómo ellos/as influyen en este proceso al igual que la influencia de la cultura  del grupo de pares.
Un quinto elemento se basa en el hecho de que una política de estas características debe tener continuidad y coherencia en el tiempo; es decir, debe constituir una acción sistemática donde permanentemente se revise el currículum desde una perspectiva de género, como también se promueva la formación continua del profesorado en servicio. La relación de estos dos últimos puntos es un elemento crucial a lo largo del tiempo. En el caso de las prácticas docentes, por ejemplo, se deben promover pedagogías inclusivas donde el foco esté en el aprendizaje de todos/as los/as estudiantes, conectando el currículum con la experiencia cotidiana desde una perspectiva que fomente relaciones democráticas y equitativas.

Hacia una reconfiguración de las relaciones de género
El capítulo se ha estructurado en tres niveles analíticos diferentes que se considera necesario tener en cuenta para diseñar e implementar políticas educativas que incorporen a niños, adolescentes y las masculinidades en procesos tendientes a la equidad de género.
Primero, el nivel macro de las transformaciones sociales y cómo éste incide en las escuelas y en la forma en que se construyen las masculinidades. Segundo, el nivel micro de lo que sucede en la institución escolar y cómo esto se relaciona con las dinámicas y tensiones del grupo de pares en la escuela. Tercero, un nivel meso donde se han analizado el contexto y la forma en que se han diseñado e implementado políticas educativas que incluyen a los niños en los dos países anglosajones. Esta revisión deja algunos aprendizajes que nos pueden ser de utilidad en un Chile que discute cómo fortalecer la educación pública. Lo principal es que el objetivo de incluir a niños y adolescentes en las políticas de equidad de género en educación debe ser el logro de la justicia social en un sentido amplio que vaya más allá del acceso y permanencia en el sistema. Esto significa que la escuela amplíe las formas aceptables y legítimas de ser hombre y las formas de relacionarse con las mujeres y con otros hombres. Significa promover un cambio en las prácticas masculinas incentivando nuevas formas de usar y sentir el cuerpo.

MAPA: